El proyecto no tiene dueño

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Imagen by Andrea Pala

El arquitecto está tan influenciado por su deformación profesional que parece haber olvidado su condición original de habitante. Ya no se pone en la piel del usuario sino en una posición más alta, aquella del creador que, como tal, exige los derechos exclusivos sobre su obra.

Existe un escrito: “De un pobre hombre rico”1, en el cual el arquitecto austríaco Adolf Loos describe con ironía la relación agitada entre un neurótico arquitecto y su adinerado cliente. Este cuento ofrece un claro ejemplo de cómo el arquitecto se preocupa de la performance de su arquitectura, desinteresándose totalmente de los residentes.

Loos cuenta de un hombre rico que quería traer el arte en su casa. El arquitecto contratado, ejecutando la voluntad de su cliente, vació la vivienda de los muebles antiguos, dibujó otra configuración y llenó el espacio con verdaderas piezas de arte. Proyectó hasta el mínimo detalle, de modo que el hombre rico no habría necesitado nada más en su vida. Pronto la felicidad del hombre rico se transformó en profunda tristeza porque ya no era libre de vivir en su casa como quería, todo tenía que pasar la aprobación del arquitecto.

Un trozo de la célebre conversación entre los dos puede ayudarnos a entender mejor el nivel de angustia del arquitecto, provocado por el mínimo cambio que amenazaba su obra, y la presión a la que estaba sometido el propietario, obligado a seguir unas instrucciones para vivir en su casa.

HOMBRE RICO: “Ayer celebré mi cumpleaños. Los míos me colmaron de regalos. Le he hecho llamar, querido señor arquitecto, para que nos aconseje sobre cuál es la mejor manera de colocar los objetos.”

SEÑOR ARQUITECTO: “¡Cómo se le ocurre dejarse regalar algo! ¿No se lo he diseñado yo todo? ¿No lo he tenido ya todo en cuenta? Usted no necesita nada más. Esta usted completo.”

HOMBRE RICO: “¡Pero todavía podré comprarme algo!”

SEÑOR ARQUITECTO: “¡No, no puede usted! ¡Nunca más y nada más! Sólo me faltaba esto. Cosas que no hayan sido diseñada por mí. ¿No he hecho suficiente permitiéndole el Charpentier? ¡La estatua que me roba toda la fama de mi trabajo! ¡No, no puede comprarse usted nada más!”

HOMBRE RICO: “¿Y si mi nieto me regala un trabajo del jardín de infancia?”

SEÑOR ARQUITECTO: “¡Pues no puede usted aceptarlo!”

Indudablemente nos encontramos ante una parodia, sin embargo hay algo de verdad: nuestra tendencia como arquitectos a considerar el proyecto de nuestra propiedad. Hay que tener claro que no proyectamos para nosotros mismos. Por este motivo la arquitectura debería ser cada vez más representativa de quien la utiliza y cada vez menos de quien la proyecta.2

 
 

1 Loos, Adolf, “De un pobre hombre rico” en Escritos I 1897-1909, El Croquis Editorial, Madrid, 1993.

2 De Carlo, Giancarlo, “L’architettura della Partecipazione”, en Blake, De Carlo, Richards, “L’architettura degli anni Settanta”, Il Saggiatore, Milano, 1973.

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